Me das qué pensar. Porque no puedo interpretarte. Permaneces ahí, en la distancia, a pocos metros de mi, pero tus ojos me esquivan, tus palabras me rehuyen, tus intenciones se me escapan. Me tendiste la mano y creí que podía asirla y, sin embargo ahora, la busco en la oscuridad y no la encuentro. ¿Estará en tu bolsillo, rebuscando entre tus recuerdos, entre tus sentimientos, que son sólo tuyos? ¿Por qué no me dejas que me acerque, que te adivine, que te explique? ¿Qué he hecho para merecer tanta indiferencia? ¿Por qué me castigas así, sin una explicación, sin decirme que no saldrán nuca de tu boca para llegar a mis oídos las palabras que podíamos haber compartido?

Eras mi clavo ardiente. ¿A qué voy a agarrarme ahora?

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