– Onírico

Anoche hubo tormenta; Iba andando por vastos barrizales, llenándome de lodo mientras luchaba por seguir adelante. A un lado había espesura, una jungla de manglares rodeada de mil gritos de bestias. Al otro lado un acantilado que tenía por fondo un mar de nubes. Habían rayos y truenos, pájaros revoloteando y un hueco en el cielo.
No me sentí asustada, sino triste, pensando en el largo camino que me quedaba por recorrer, y que debía hacerlo sola. Nadie que me ayudara. Nadie que me animara. Era consciente de que podía hacer cualquier cosa, pero no me sentía capaz de nada, más que seguir andando. El eterno dilema entre saber y creer. Y seguí andando.
Y mi tristeza se veía acentuada porque sabía que al final de mi camino hallaría un río, un prado verde rodeado de apacibles árboles frutales, el calor del sol en mi piel. Alguen me estaría esperando al final del arco iris y me ofrecería comida, bebida y calor y consuelo.
Yo ya había estado ahí. Ése era mi lugar, el que me correspondía, el que ya me había ganado tantas otras veces. Y estaba cansada de que una mano invisible me alejara de mi casa. Sólo podía pensar que estaba llena de fango, caminando entre la jungla y el vacío, con un largo camino por delante.

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