Dia 3. Adios a lo viejo.

La verdad es que es una gozada ver como el piso se va transformando, casi como si tuviese voluntad propia y deseara que eso sucediese. Hoy lo hemos vaciado. Casi completamente. A parte de las paredes y el alicatado, solo queda lo que hemos ido dejando nosotros, unos muebles bajos de la cocina (no hemos tenido valor para quitarlos porque sujetan el mármol, pero les doy hasta el lunes) y un montón de suciedad, cortesía de los anteriores inquilinos y de varios meses de abandono. No quedan ni siquiera la mayor parte de los enchufes que, cosas de la vida, han sido misteriosamente arrancados en algún momento anterior a nuestra llegada. Otro gasto inesperado.
Ayer fueron los electrodomésticos y hoy han sido los muebles. Ya los hemos elegido y pagado (qué maravilla, ese ficticio dinero electrónico), y ahora queda limpiar, pintar y empezar a arreglar los desastres de las instalaciones.
Me quedo absorta en ese espacio vacío, el espacio de pedazos de estancias que probablemente tardarán mucho tiempo en volver a ver la luz directa del sol. Cada cachito de pared respira aliviada, amarándose de aire fresco y de ilusiones.
Está siendo una labor de titanes, pero con titanes como los míos ahora mismo no envidio a nadie.

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