Si todo estuviera aquí.

Escribo estas líneas en el reverso de un billete de ida, esperando un regreso que viene con más de hora y media de retraso. La terminal tiene un aire sobrio e impersonal, casi estéril, por más que hayan forrado el techo de listones de madera. Ruidos sordos y gente cansada. Una gran sala de espera, una jaula de mármol y cristal. A través de las paredes veo cómo se alarga el ocaso sobre un parking infinito mientras la gente camina arriba y abajo, intentando calmar su ansiedad o acelerar la rotación de la tierra, por ver si el avión llega antes. Tal vez funcione, pienso. Me duele el cuello.

Cierro los ojos y estoy tumbada en un sofá de color crudo. Mario está sentado en el suelo, a mi lado, jugando a un juego de la Wii. Se ha convertido en una escultórica mujer y se ha enfundado un traje absurdamente ceñido, cargado de armas, botones y lucecitas. Lleva un buen rato intentando abrir un interruptor, sin éxito por el momento, gesticulando y agitando el mando. Imperator está en el sofá conmigo, tiene mis piernas en su regazo y a veces acaricia distraídamente mis rodillas mientras ríe y juega y se queja de que aún no han matado a nadie. Creo que ni si quiera se da cuenta de que lo hace, y que no es consciente de que le miro. Repaso el perfil de su cuello y su cráneo con los ojos entrecerrados, recortado contra las cortinas translúcidas, que filtran y dulcifican la luz de una tarde plomiza. Debería llevar siempre el pelo así de corto. Sus ojos se achinan mientras sonríe de medio lado. Es bonito ver a alguien tan relajado, tan despreocupado. Parece feliz mientras ataca de nuevo los tallarines tres delicias y el cerdo agridulce.

No son cosas extraordinarias, si lo miras bien. Son encuentros y desencuentros, caminos que se cruzan; a ratos es compañía y a ratos es soledad compartida. Cosas cotidianas, como compartir comida del chino o quedar con los amigos. Pero es bueno. También se hace complicado a veces.

Me siento como una chiquilla a punto de una pataleta. No quiero irme. Quiero quedarme aquí, tumbada, sufriendo este zapping de videojuegos, escuchando la risa de Mario y notando el calor de Imperator, con sabor a salsa agridulce y cerveza en la boca. No quiero coger este avión que viene con retraso.

No quiero estar esperando este vuelo de vuelta, escribiendo en el reverso de un billete de ida, con dolor de cuello y este cabreo, en esta catedral de esperas y despedidas.

Mario nos habló de una tira de Mafalda, en la que Felipe se preguntaba qué pasaría si todo estuviera aquí. He pensado mucho en eso. Y me encantaría saber la respuesta.

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Una respuesta to “Si todo estuviera aquí.”

  1. Fantine Says:

    Entiendo perfectamente esa sensación. Yo sólo la aguanté tres meses: los que tardé en liarme la manta a la cabeza y venirme a vivir a Madrid. Visto el resultado de estos últimos 6 años, la verdad es que no me arrepiento en absoluto 😀

    Un beso

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