Gong

Desde hace una temporadita, de vez en cuando y coincidiendo aproximadamente con determinadas horas en punto, mi ordenador emite una especie de campanadas. Resulta francamente desconcertante, porque no sé de dónde salen y no recuerdo haber instalado ninguna aplicación con esta función… Pero, vamos, también puedo haberme despistado y que resulte que en algún momento en las últimas semanas haya decidido que una señal sonora que me acerque al ascetismo de la vida monástica es justamente lo que necesito. Varias veces al día. Porque yo lo valgo.

He tenido una semana asquerosa. Mucho trabajo, muy intenso y muy poco grato. En los últimos dos días no he podido si quiera salir a tomar un café a media mañana, y he terminado desayunando bastante más cerca de la una que de las diez. A esto se le ha juntado una especie de constipado y un SPM deluxe (como diría el Capi, solo que él lo aplica a otro tipo de desordenes). Así he llegado al viernes; llorosa, cansada, dándome mucha penita y con la sensación de que me han pegado con un bate de béisbol en los riñones y que me han llenado el cráneo de gelatina. Y aquí estamos, de pleno viernes y con ganas de convertirme en una rosca, taparme con una manta y enchufarme a lo más ofensivo que den por la tele. Hay veces que, simplemente, no es tu día.

Antes, en estas ocasiones, me daba por leer. Me sentaba en la chaise long (qué pedorro queda esto) con un buen libro y una tacita de té, o una copita de coñac (la solución de mi abuela para la melancolía) y me relajaba hasta que algún gatete venía a ayudarme a planchar los cojines, y disfrutaba de una tarde o una noche tranquila y poco exigente conmigo misma. A veces hasta el tiempo acompañaba; una buena tormenta con mucho aparato eléctrico ayuda a crear el clima perfecto para estas veladas. Pero llevo tiempo sin apasionarme de verdad con un libro. Y recuerdo esa sensación, y tengo la sensación de que cuando intento sustituirla por la tele o por el ordenador, en lugar de llenarme, me vacío. Qué emo queda esto.

No creáis, en el fondo y mirando desde lejos me siento contenta. Hay cosas que hago mejor ahora que hace un tiempo, pero disfrutar de estos ratos no es una de ellas. Y es una lástima. Me siento como si hubiera olvidado la ruta de mi refugio en la montaña. Se puede vivir sin eso, pero no mola tanto.

Oh, a veces el gong suena también en los cuartos. Qué cosas.

Voy a intentar algo parecido a esto, a ver qué tal se me da.

Voy a intentar algo parecido a esto, a ver qué tal se me da.

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4 comentarios to “Gong”

  1. Deirdre Says:

    Lo que tenemos que hacer es sacarle partido a las dichosas campanadas y jugar un Arkham Horror o algo así, que quedaría muy propio… 😛

  2. Adûnaphel Says:

    ¿Hacer babys? Mmmm, sí, siempre relaja <:o)

  3. nurnoteson Says:

    Bué, yo pensaba en algo como pegarme un buen baño pero ahora que lo mencionas… ¡Tesoro! ¡Mira lo que tengo! 😛

  4. Urruela Says:

    La verdad es que te entiendo. Hay momentos en los cuales lo que de verdad te gusta, se pronucia en pasado… ¡Gustaba! Y lo peor de esos momentos es no saber que ha pasado entre esos dos tiempos verbales, y te sientes distante de todo. Apartado del mundo y por desgracia, encadenado al mismo en su peor momento.
    Pero siempre que me ocurre esto, busco un disco o una canción, y la escucho y escucho… Y me recuerda los buenos momentos que me trajo en su día… Y me alegro, se que aunque el mundo no tenga un sitio para mi, yo si le dejo un sitio al mundo…
    P.D. Lee “Los hombres que no amaban a la mujeres”, a mi me ha encantado…

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