Violetas, mejillones y pastillitas de colores.

Parece ser que últimamente anda todo el mundo de momento Magdalena. Eso es bueno y agradable, pero tiene que pillarte con el cuerpo preparado o te sienta mal. Y yo, que ando con las hormonas bailando la conga, me he dejado contagiar.

Aunque pueda parecerlo este no es un post emo; es un post que habla sobre cosas que me han pasado. Tristes, vale, pero de esas que te dejan las tripas calientes. Tengo la agenda llena de proyectos y mil cosas bonitas en la cabeza. Pero, como siempre (y tengo que reconocer que es un mal vicio), sale hablar de lo que no te gusta. Como si pudiese exorcizarlo. Tal vez sacándolo al sol cure antes, vete tú a saber.

Violetas.

Llevo desde navidades sin hablar con mi abuela. Ha sido una decisión consciente; dura pero responsable. Mi abuela se ha portado mal con mi padre, con mis hermanos y conmigo desde la muerte de mi madre, y antes se había portado mal con ella. Mi madre no sabía cómo plantarse, a pesar de que sabía que mi abuela es una mentirosa y manipuladora de órdago, y me pidió que yo no lo hiciera. Por respeto a ella aguanté, pero una vez muerta mi madre, ya no existe ningún motivo para que tenga que aguantar según qué salidas de tono. Así que a pesar de que he querido a mi abuela con locura durante la mayor parte de mi vida y he hecho lo que ha estado en mi mano para ayudarla cuando me ha necesitado, de hace un buen tiempo a esta parte me he desentendido de ella.
Las flores favoritas de mi abuela son las violetas. Recuerdo haberle comprado ramilletes ya desde niña, y habérselos llevado con toda la ilusión del mundo en cuanto los veía. Durante una buena temporada los usaba cuando no tenía otra excusa para ir a verla, aunque no necesitase excusa alguna. Simplemente compraba violetas y se las llevaba, y me sentía muy feliz con ello. El otro día, saliendo del trabajo, me fijé en que en la floristería de enfrente de la oficina habían puesto una mesilla, y vendían violetas. Ese fué mi momento magdalena. Me quedé en la calle, enfrente del puesto, recordando los ramilletes de violetas que le había comprado a mi abuela, y volví a sentir la alegría de aquellos momentos. Pensé que debía llamarla, o incluso pasar a verla. Pero no tardó en surgir mi pepito grillo recordándome por qué eso no era buena idea.
Serendipias de la vida; mi abuela se cayó por la escalera esa misma tarde, la han operado y está en el hospital. Ahora supongo que habrá que ir a verla. Y yo sin haber comprado violetas.

Mejillones.

Imperator y yo afrontamos el otro día la heroica aventura de reconquistrar nuestra nevera, congelador y alacenas. Nos pusimos a hacer un inventario de cualquier cosa cometstible que encontrásemos por los rincones destinados a tales fines; hasta el último tupper, hasta la última bandeja del congelador y el último brik de leche. Todo ello transcurría con normalidad hasta que llegamos a la sección de las conservas. En ella encontramos una lata de mejillones en escabeche marca “L’Espinaler” que mi madre me había comprado, e Imperator propuso que nos los comiésemos en alguna ocasión especial.
Pobre hombre; fué él acabar de pronunciar esas palabras y yo ponerme a llorar a moco tendido. No sé; de repente la idea de que esa lata (uno de los últimos regalos que me hizo mi madre) no estaría allí para siempre, y que no habría otra para reemplazarla (o, al menos, no otra que me hubiese comprado ella), y que eso va a tener que suceder, porque una lata no dura eternamente… Me pareció terrible; fue enfrentarme a la idea de que, tarde o temprano, los pequeños rastros de mi madre se irán borrando, y llegará el día en el que no quede nada.
Se me cayeron encima, como una avalancha, todos los aperitivos que habíamos tomado en ese local, o en casa, comprtiendo esas latas o ese vermouth. Todos los cachondeos que montábamos con esas y otras latas (alguna de ellas sin identificar o del pleistoceno, sobradamente caducadas, almacenadas ya más por una cuestión de orgullo que por sus cualidades nutritivas) en la cocina; tal vez el único ambiente en el que mi madre y yo nos entendíamos.
Como si comerme esa puñetera lata de mejillones se fuese a llevar uno de sus últimos trocitos en este mundo. Y como si el hecho de que la lata siguiera ahí, en la despensa, para siempre fuese a mantenerla un poco más cerca de mí.
Creo que puede parecer la idea más ridícula del mundo si se mira desde fuera. Pero para mí tiene todo el sentido. Al fin y al cabo eso es lo que deben ser los momentos magdalena.

Pastillitas de colores.

Ando de bajón estos días. Será la primavera, o que no descanso lo suficinete, o las mil y una cosas que me pasan por la cabeza continuamente, pero lo que normalmente sería un ir y venir, y un andar haciendo (en lugar de pensar en lo bien que estaría hacer mientras solo piensas y planificas) se ha convertido en una piltrafilla a la que lo único que le apetece es espachurrarse en el sofá e ir a dormir prontito, aunque a duras penas lo consigue.

Creo que se está imponiendo una señora tanda de vitaminas. Porque yo lo valgo.

Química. La química es buena... Sobre todo cuando quieres forzar la de tu cuerpo :)

Química. La química es buena... Sobre todo cuando quieres forzar la de tu cuerpo 🙂

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2 comentarios to “Violetas, mejillones y pastillitas de colores.”

  1. Deirdre Says:

    Ánimo, corazón, que los cambios de estación son mu malos. A mí me ayuda un poco la jalea real.

  2. Imperator Says:

    Los momentos magdalena son una de las cosas que nos hace humanos. Por falsa y voluble que la memoria pueda ser, la pérdida de objetos no nos la puede quitar. Nada ni nadie podrá quitarte nunca a tu madre, mi amor.
    Tu madre está en ti, y todo lo que ella ha sido va contigo a todas partes: está en tu cerebro, maravillosamente codificado como proteínas que tú creas y mantienes. Mientras vivas, ella estará allí, y los objetos se habrán ido, pero ella seguirá allí.

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