Pijerías

Hoy me he dado de baja del gimnasio al que he estado apuntada los tres últimos meses. Ha sido una decisión muy meditada y al final, como lo hubiera sido no hacerlo, agridulce.

El caso es que el gimnasio es municipal y queda a algo más de 15 minutos andando de casa y eso, en mi pueblo, es tiempo y distancia suficiente como para que me de una pereza inhumana. Las instalaciones son correctas pero tiene muchos socios, y casi todos ellos deben hacer el mismo horario que yo porque por lo general, cuando llego, está hasta los topes. El uso de las elípticas y demás máquinas de cardio está limitado a 20 minutos, el espacio para hacer pesas libres viene a ser una lata de sardinas y las máquinas normalmente están completas. A la piscina hay que ir en bañador de una pieza (no me acuerdo cuantos años debe hacer que no tengo uno de esos), no hay actividades abiertas, ni solarium, y para colmo lo mejor que se escucha en el hilo musical es reguetón. Así que estos tres meses, dejando a parte las temporadas en las que hemos estado fuera a penas he ido, por lo que la conclusión lógica de la historia era que no tenía sentido seguir apuntada. Esa es la parte dulce.

La parte agria es que eso significa que por el momento ya no voy a seguir haciendo ejercicio con Imperator. Puede parecer una patochada a estas alturas de la película, pero lo cierto es que disfruto inconmensurablemente de su compañía, de su entusiasmo y de hacer cosas con él. Gran parte de mi impulso para volver a hacer musculación era hacer la misma rutina que él, junto con él, y vivir la sensación de compañerismo de cuando uno necesitaba que le echasen una mano para llegar un poco más lejos o cargar algo más de peso, agarrar mejor la barra o hacer otra flexión (“va, venga, que tú puedes” con ese brillo tan genuino en los ojos, con esa sensación de triunfo). Hacer algo así con la persona a la que quieres es una sensación tan maravillosa que a penas puedo describirla.

Pero a veces resulta muy complicado encontrar el equilibrio, y al final acabas quedándote con la peor de las opciones; no hacer nada. Ahora, Imperator ha empezado otra vez con la movida del trabajo y va al gimnasio cuando mejor le viene (que normalmente es por la mañana, porque por la tarde siempre surge algo que lo hace todo mucho más complicado) con lo que el final de la historia acabamos por no ir juntos… Y yo, por no ir. Y eso no es bueno, ni para mí ni para nadie.

Así que, finalmente, he optado por la solución que implique, de verdad, una mejora sustancial para con los kilos de más que he ido encontrando este verano; volver a ir al gimnasio de al lado de casa y cambiar, al menos durante un tiempo (y algunos kilos), la musculación por las máquinas de aeróbicos… y las tardes de placidez, con sofá, larguirucho y gatetes en casa por mover algo más el culo, que ya me viene conviniendo.

Es agridulce. Pero espero también que sea puramente temporal.

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2 comentarios to “Pijerías”

  1. Imperator Says:

    Es temporal 🙂

  2. Deirdre Says:

    La cuestión es que vayas al gimnasio. Lo importante es no pagar la cuota en balde. El Claror tiene todos esos inconvenientes que dices, eso es verdad. El DIR mola mil veces más. Lo que pasa es que yo por ejemplo con lo que me ahorro en la cuota respecto al DIR me pago la mitad de la cuota del coro. 🙂

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