El muro

Este, al menos, ha dejado de pelearse con el muro de las narices.

La gente que corre maratones cuentan que, cuando llevas unos 30 kilómetros de carreras, te la pegas con el muro. Ese es el punto en el que tus reservas de glúcidos e hidratos de carbono se han agotado y tu cuerpo tiene que empezar a tirar de grasas que, en otras condiciones, habrían quedado ahi, guardaditas, o hubieran salido de forma ordenada y paulatina.

Golpearte con el muro es fruto de un esfuerzo del recopón; el que has hecho en todos y cada uno de tus entrenamientos, el de la preparación para el día de la maratón, y el fruto de haber resistido, al menos, los 29,9 Km. anteriores. El muro no viene a golpearte al sofá de casa, mientras te tomas un refresco y miras la tele. No, hijo, no; para tener la experiencia de pegártela con el muro tienes que haber sudado previamente lo más grande.

Y sin embargo, de repente, lo que llevas a la espalda deja de estar de tu lado para subirse a tus espaldas y empezar a pesar como la materia oscura. Acaba con tus fuerzas en poco tiempo, poniéndote en bandeja de plata la opción de pararte en el primer bar de la esquina y pedirte unas bravas y una cervecita. Y que le vayan dando a la maratón.

Atravesar el muro es una cuestión de voluntad. Sabes que tu cuerpo aguantará otros 12 kilómetros porque cuenta con los mecanismos para hacerlo. Sabes perfectamente cómo hay que hacerlo; porque llevas ya 30 kilómetros haciéndolo. Se pone un pie delante del otro y se lleva el peso adelante, siempre adelante. Ahí es donde solo cuentas tú. Nadie puede dar un paso por tí, aunque haya un montón de gente encantada de recordarte y demostrarte cómo se corre y hacia dónde hay que ir. Adelante o al bar; tú eliges. Y miras a lado y lado y puedes ver las caras demudarse, porque los demás llevan también 30 kilómetros. Vaya, uno que parece en mejor forma. Otro que ha decidido que ya correrá otra maratón. Y ese, fresco como una rosa, que parece no estar en una carrera de fondo como tú. ¿Cómo lo hará, el cabrito?. En ese momento nada más importa porque estás rebentado y lo que te pide el cuerpo ya no es bajar el ritmo; es parar en seco y plantarte o poner el piloto automático, dejar de pensar y pasar a la ley de mínimos. Primero un pie, luego el otro y vuelta a empezar.

Pasar de ese mazazo significa, normalmente, llegar a la meta. En precario, en un cuerpo que ha tirado de reservas a marchas forzadas, de una energía que has tenido que sacar de donde, literalmente, ya no había. Hay que confiar en la mecánica del organismo, tanto a nivel celular como en lo que a memoria muscular toca.

Como supongo que podéis imaginar yo no corro maratones, pero así me siento ahora; dándome de leches contra el muro de los cojones. Tengo la parte más chunga a mis espaldas y sé perfectamente cómo se sigue desde aquí. Casi puedo visualizar la meta, y tengo claro que voy a llegar a ella. Que puedo llegar a ella. Pero hay que pasar el muro. Y cuesta.

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