No es tan complicado.



Quejarse es una miseria. Es lo que queda cuando buscas el apoyo ajeno, o cuando no te cabe ya otra opción más constructiva. Y la cuestión es que esa opción siempre está ahí; sólo hay que encontrarla y tener ganas de acometerla con todo, como decían aquellos, sin guardar nada para la vuelta.

Los problemas (hay quien prefiere llamarlos “retos”, yo no creo que ese eufemismo funcione siempre) son menos cuando los separas en trozos chiquitillos y te pones metas realistas al respecto. Ya sabéis; a veces no es lo que apetece, pero a menudo es lo que toca.

Gracias a esta filosofía, y a lo de apretar los dientes y mirar un poco más allá, con un último empujón tendré casi el título universitario que me certificará como diplomada en ciencias empresariales antes de primavera. Os juro por lo más sagrado (o expresión atea equivalente, que no se me ocurre) que ahora mismo me sabe agridulce. Dulce porque me ha servido para demostrarme a mí misma que, por encima de cualquier escepticismo sobre mi capacidad o voluntad para plantar los codos en la mesa y pasar horas y horas estudiando a cerca de cosas que, en realidad, no me importan en absoluto, he sido capaz. Sólo porque lo he decidido. He empleado mi tiempo y mi dinero en demostrarme a mí misma que soy capaz cuando lo decido, y eso no es moco de pavo. Por mucho que luego el diploma vaya a servirme como mantel individual de mesa, mayormente. Qué narices; precisamente por ese motivo voy a colgarlo en algún sitio visible de casa, probablemente cerca de la foto que me sacaron al lado del Obradoiro cuando por fin dimos los últimos pasos del Camino de Santiago, en el que sujeto un papelajo que pone en mayúsculas “YO HE PODIDO”. Vaya si he podido. Con un par. También miro en retrospectiva todo el camino (el de estas dos andanzas) y me sabe amargo. Por los mismos motivos, precisamente. Podía haberlo hecho mejor, claro, y mucho más rápido y tal vez habría habido menos elevaciones de cejas escépticas, de las cejas que una viene en considerar importantes. Pero podía, y lo hago. Casi lo he hecho ya.

Los cambios de paradigma sobre cómo afrontar las cosas se extienden a más campos. Del mismo modo que he llegado a reconocer que a mí lo de que me guste la música me parece un trabajazo y que prefiero que me gusten las canciones sueltas, por eso de que no tengo paciencia para investigar todo un género o escuchar todo lo de un autor y prefiero quedarme con las piezas que realmente me llaman la atención, he de venir a reconocer que a mí no me gusta la gente. Me gustan algunas personas, muy pocas en realidad. Eso es un inconveniente, claro, porque esas personas no tienen por qué pensar como yo, y a veces les parecerán mucho más interesantes otras personas, como alguien puede querer dedicarse a ser un experto en Funky, en Hard Rock o Techno, mientras a mí solo me interesan unas pocas canciones. Supongo que es hora de aceptarlo como una niña mayor y seguir adelante, buscar otras canciones sin renunciar a las que me gustan (por eso de ir variando y ampliar las opciones de que de vez en cuando suene algo que me guste) y permitir que los demás exploren el género que les interese a su gusto. Es el derecho de cada uno y el egoísmo, en ese sentido, es un camino equivocado.

Quejarse sobre el curro es un error, también, solo que este en general es un error común. Una amiga que trabaja en un sitio de los de envidia ajena (e insana, añado), hablaba del síndrome del paraíso; de que cuando das por sentadas las cosas buenas que tiene tu lugar de trabajo te pones a lamentarte como un loco de lo malo que tiene, aunque para otros eso pueda parecer una nimiedad, y lo bueno se difumina hasta perder relevancia. De vez en cuando conviene pensar por qué estás ahí, lo que te gusta de lo que haces y volver a disfrutarlo como si fuera tu primer día, solo que sabiendo mucho más. No nos equivoquemos; mi trabajo es, a veces, exasperante, lleno de señoras en busca de “candelarios” y de gente que parece creer que me embolso yo personalmente las comisiones que se les cobran en sus cuentas. También veo cómo la gente pasa baches, personales y financieros (la crisis esta es terreno abonado para eso) y cómo las exigencias crecen, a veces más allá de lo que es razonable. Pero, leches, tengo un trabajo, que en esta época no es moco de pavo, con jornada intensiva (que no media jornada), cinco días a la semana y cobro puntualmente. Mis compañeros funcionan a la suya, y aunque haya aspectos en los que me parece que no hacen bien, no me hacen la vida imposible (y si habéis vivido una situación similar sabréis de lo que hablo). No, definitivamente no me haré rica ahí, pero sé bien por qué elegí eso en su momento y fue un bálsamo. A nadie le interesan mis miserias del día a día, que se hacen cansinas y realmente no aportan nada nuevo. Puedo cambiarlo, claro, y a menudo pienso en hacerlo. Pero será para ir a mejor. El proyecto ya está ahí.

Y a todas estas voy y me compro una moto para facilitarme un pelín la vida. Por eso de ganar en autonomía, no depender del transporte público o la buena voluntad de quien me quiera llevar a los sitios. Una moto muy mona; de color azul, nuevecita y de precio razonable. Qué alivio. Salvo en la parte en la que no funciona, porque el motor de arranque ha venido defectuoso de fábrica y, al ser un modelo nuevo, no disponen de recambios. Dos meses, tiene, y ya ha pasado cuatro veces por el taller (una con grúa, a la espera de saber si esta vez también va a ser necesario) y no funciona. Así de llano se lo pongo. Pero puedo seguir pagando; la moto, el seguro, lo que haga falta. El no funcionar también es algo que va solo, a mí no me necesita para nada. Otro problema menos.

Solo que esto me complica la vida, porque la compra no se hace sola y no sube a casa por su propia voluntad; hay que ir a cazar. ¿Qué más da si tengo que hacer la práctica, limpiar las ollas de la sopa de Navidad (que se ha estropeado por un hueso de jamón rancio, suerte que la he hecho con tiempo de sobras y puedo empezar de cero), limpiar el piso, llevar el abrigo al tinte, los zapatos al zapatero o, no sé, descansar?. Poco a poco, desmigajar, pillar a trozos pequeños. Llegaré a lo que llegue, y al mundo y a las contrariedades les pueden ir dando por el tubo de escape o por el hueso pasado.

Y, en un punto y aparte que no puede ser tenido como reto en ningún caso, están mis tripas. Que si toca ir de médico en médico hasta que decidan cómo y si toca cortar un cacho superfluo, doloroso y sin glamour hay que echarle paciencia, que al fin y al cabo esto es algo que se hace casi solo.

Centrarse en lo malo es, a veces, tentador. Pero es un camino cuesta abajo y cierra las puertas a cualquier mejora posible. A veces incluso a mantenerse a flote.

Ahora toca espantar nubarrones y ponerse en camino. Que si esto hubiera de ser fácil lo haría cualquiera.

 

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2 comentarios to “No es tan complicado.”

  1. Imperator Says:

    Ole mi niña 🙂 Te quiero.

  2. Missplaced Says:

    Lo que cuenta es lo que signifique para ti. Y aunque, en general, es cierto que esos papeles luego los tenemos aparcados en una carpeta, sólo el reto de conseguirlos y demostrarte que puedes, ya lo valen 😉

    Ánimo con el bache de salud, que en cuanto pase, estarás mucho mejor :*

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