Feliz 2011

Sí, señores. Más de tres meses después una se asoma, saluda y les felicita solícitamente el año. No como si estos tres meses no hubiesen existido o fueran algo sin valor, qué va. Al contrario. Pero llegan estas alturas del año y me sigo debatiendo entre decidir si estamos en el “¿Aún?” o en el “¿Ya?”. La magia de la distorsión temporal.

Para resumir rápidamente los acontecimientos; resaca navideña, fin de carrera (sin viaje de tal, por el momento), operación de vesícula biliar (todo bien, gracias), escapada a Rumanía, gatete accidentado (en proceso de recuperación) y piso nuevo. Y precisamente sobre esto último venía yo a hablar.

Hace tiempo hablaba con una amiga sobre qué representa vivir en un lugar. Para cada uno su casa puede significar algo distinto; hay gente mucho menos apegada que yo para quien su casa es el sitio en el que duerme y guarda sus cosas, una especie de oficina de lo que hay fuera del trabajo, y no tiene gran cariño por ella. No porque no le guste, sino porque su valor es fundamentalmente práctico. Para mí el sitio donde vivo, mi casa, es algo distinto. Es, en primer lugar un acumulador de recuerdos y un lugar donde hacer planes, tanto de presente como de futuro. Y este que dejo mañana es casi parte de mi pasado, y es importante, entre muchas otras cosas, por lo que me ha dado por recordar.

El piso donde he vivido durante los últimos cinco años ha cobijado momentos cruciales de mi vida. Aquí despedí a quien en su momento fue mi mejor amiga. Ella me ayudó a limpiar el desastre que era este piso cuando entré por primera vez en él; lo que habían dejado tras de sí meses de abandono después de la ocupación de un grupo de gente que, literalmente, lo destrozaron. Ella se arremangó conmigo y me ayudó a preparar el que en ese momento iba a ser mi nido. Una no puede dejar de mostrar su disconformidad cuando, después de una relación que significa tanto, la otra persona toma una decisión terriblemente injusta (y no quiero que nadie me malinterprete con esto; considero que hay muchos motivos por los que alguien puede decidir que no me quiere en su vida, pero me repatea que los que esgriman no sean ciertos o, al menos, no me sean imputables a mí) pero, al fin y al cabo, la vida es pasar página, y el que no seamos amigas no quita ni una pizca de valor a lo que fue nuestra amistad en su día. No, al menos, para mí.

Llegué a este piso con una persona con quien había compartido once años de mi vida, a quien había amado y amaba con locura, pero de quien el paso del tiempo me había (nos había) ido distanciando en lugar de juntarnos. Supongo que es un riesgo que se corre cuando conoces muy joven a alguien y el carácter de ambos, las preferencia e intereses, está aún por acabar de formar y definir. No hay forma de culpar a alguien por seguir siendo la persona de quien te enamoraste en su momento, aunque esas cosas no sean las que quieres en tu vida más adelante. Hay veces en las que quererse no es suficiente y, aunque la otra persona siga teniendo todo lo bueno que amabas de ella, puede que las cosas no funcionen y de una forma terriblemente simple, la relación deje de tener sentido. Cada vez que he perdido a alguien a quien he querido así (fuera pareja, amigo o familiar), una parte de mí se ha quedado ahí, detenida en el tiempo, viendo ese espacio tan hueco que deja esa ausencia, todo lo bueno que lo llenaba y todo lo que no lo era tanto. Fuera bueno o no, era importante y todo cuanto viví con ellos es parte de quien soy ahora. Por eso, una parte de mí sigue sentada en el sofá rubricando esa ruptura, sopesando los pros y los contras para ambos y decidida a que eso es lo mejor para los dos, aunque doliese. Queda el consuelo de pensar que he aprendido de ello, y no puedo por más que desear que su vida sea mejor ahora, tan buena como pueda ser. El recuerdo y el aprendizaje es la vasta herencia que algo así debería dejarnos a todos.

En este piso también despedí a mi madre. Aunque en esa tarde de jueves de mayo en la que la vi, en la que hablé con ella, en la que la abracé por última vez no lo supiera, esa fue nuestra despedida. La recuerdo sonriendo, con su pelo brillante y sus labios carnosos, contándome sus historias y sus planes, las visitas al médico y trayéndome unos juegos de sábanas para las chicas a quienes había alquilado las habitaciones para poder seguir pagando el alquiler, a todas luces fuera de mis posibilidades con mi sueldo en solitario. Mi madre, con la que había tenido una relación que para muchos estándares dejaba tanto que desear, con la que en ese momento vivía algunos de los mejores momentos. A ella también la despedí en este comedor, y su presencia también flota por aquí, en el aire, con sus ojos vivísimos de color avellana.

En este piso también he emprendido proyectos que han quedado en agua de borrajas; muchas veces por errores de otros, las más, ya que hablamos de mi vida, me los imputo directamente a mí. A lo que debería haber hecho, explicado y expresado de otras formas. A decisiones equivocadas que tomé y a las que quedaron en el tintero. De muchas de ellas son testigos estas paredes y, a veces, mirando simplemente un punto fijo de la pared en el que posé mi vista al darme cuenta de cuánto o en qué la había cagando, vuelvo a revivir mis errores. Ahí están esos huecos acusadores, cómplices mudos de mi mala consciencia, a los que a veces sorprendo recordándome patinazos propios y ajenos.

Y aquí también he vivido grandísimos momentos con mis amigos. Con algunos que ya no forman parte de mi vida. Con otros que me han acompañado en este proceso, convirtiendo este espacio en lo que debía ser a cada momento (un piso para dos, para una, para tres o para lo que hiciera falta a cada momento). Aún recuerdo a algunos de ellos ayudándome a traer camas o moviendo armarios. Creo que no hay forma en la que algo así se pueda agradecer lo suficiente ni se pueda medir en galletas, abrazos o cubatas. Otros lo han llenado con su presencia; jugando, viendo pelis, acompañándome mientras aprendía alquimia en la cocina. De todos ellos quedan también recuerdos invisibles impregnados en cada habitación o en tinta de colores en las paredes de baldosa. Me va a saber fatal no poder llevármelos al piso nuevo, pero supongo que eso significa que deberán ir pasando para volver a dejar constancia de su presencia.

Las más, sin embargo, deben ser las historias que dejo aquí por mí misma. Las historias de miedo, de amor, de retos, de cumplimientos, de resignación y de superación que han marcado cada uno de estos rincones, cada centímetro de pared y cada baldosa del suelo. Esas quedan para mi cuenta personal y ahí las atesoro.

Y este piso, también, ha sido el lugar de verdadero encuentro con Imperator. Porque cuando nos hacemos mayores las cosas se simplifican un montón aunque para un ojo poco entrenado puedan parecer mucho más complicadas. Lo que comenzó como una aventura, como un encuentro casual en un momento duro para ambos, cobró mayor sentido cuando fue capaz de dejarlo todo para estar conmigo el día de la muerte de mi madre. Y aunque algo así pudiera achacarse al enamoramiento, a la primera fase de luna de miel en una relación, a la ceguera de la primera etapa, él cogió y lo plantó todo e hizo de este, que era mío, también su nido. En este piso nos hemos conocido, querido, enfadado, comprendido. Nos hemos conocido cada uno y el uno al otro. Estas paredes huelen ahora a él y a mí, a nuestros planes y proyectos y a las mil y una preocupaciones que hemos tenido juntos y por separado en estos casi tres años de convivencia. Y aún es el momento en el que pensando en esta historia siento un poco de vértigo, y noto como se me encoge el estómago, y recuerdo las fotos que llevo en la cabeza (él, trabajando en esta habitación en la que estoy ahora, en la que era su mesa, a contraluz, mientras le miro desde el sofá, o besándome la nuca mientras cocino, o emocionándose conmigo mientras vemos una serie que nos gusta, o sonriendo con cariño mientras le enseño la última gilipollez que he descubierto y que me hace terriblemente feliz) y pienso que hay muchas formas de amar, y que con él he descubierto una, abierta y honesta, que acepta las imperfecciones y los errores, desprovista de cuentos de hadas y, sin embargo, chorreante de magia y encanto con los pies en el suelo, que deja todo el espacio del mundo para crecer. Esta casa está llena de un amor inmenso, imperfecto como todo lo que es de verdad cuando se mira lo suficientemente de cerca. Aquí plantamos la historia de un comienzo de esos de los que supongo que nadie querría para un libro, pero que yo hubiera firmado (y he firmado, y firmaré) como parte de la historia de mi vida.

Y este es el momento de dejarlo y de irnos a otro, que será nuestro, de los dos, desde un principio. Es un piso completamente nuevo; sólo nosotros habremos vivido el él, cosa que no deja de parecerme simbólica. Todo cuanto ello representa será solamente de los dos de la primera a más allá de la última letra de la hipoteca, y habrá que llenarlo de nuevos recuerdos y significados, de nuevas gentes y de nuevas despedidas. Ignoro completamente si ese va a ser el piso en el que vivamos juntos para siempre, pero hemos hecho una apuesta que dice que eso no nos parece mala idea en absoluto. Ese, desde mañana mismo, va a ser mi origen de coordenadas (0,0,0). Y esto que os he contado es lo que encierran estas puertas que dentro de poco van a dejar de ser las nuestras. Esto es lo que esconden y que nadie más que yo puede ver. Y por eso, llena de ilusión, ganas y nervios como estoy ahora mismo, también a ratos me da por entristecerme despidiéndome de esta que ha sido mi casa durante todos estos (y muchos más) hitos de mi vida. En una semana esto volverá a ser otro piso vacío en busca de arrendatario. Hoy, esta noche, aún es parte de mi presente. Así que voy a seguir despidiéndome de él.

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2 comentarios to “Feliz 2011”

  1. Earendil Says:

    Bueno bueno bueno… es bueno leerte de nuevo.

    Me ha encantado la entrada; Efectivigüonder el hogar es el centro de coordenadas, casi parte de uno mismo.

    Siento haberme perdido vuestra mudanza, pero Persefone y yo iremos a ver vuestro nuevo nido asap.

    Un abrazo preciosa.

  2. Fernando Celaya Says:

    Ha sido como leer un cuento, guapi.

    Nos vemos mañana.

    Fer

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