Casi termina el día…

8 julio 2010

There I am.

… aunque técnicamente ha terminado hace un rato. Y mañana trabajo, y es un día importante. Y estará lleno de millares de cosas que requieren de mi atención. Vuelvo al trabajo después de unas vacaciones muy intensas y tan relajadas al mismo tiempo que no sé si sería capaz de glosarlas. Y un gen egoísta me dice que deben quedarse ahí, para mí, en un rinconcito de Kengsinton Gardens al que pueda volver cuando las cosas no estén en su sitio, a alimentarme del sol de Londres y del dolce far niente de unas vacaciones de lo más inhabitual, mientras otra grita que debería cantar a los cuatro vientos qué bonitas pueden ser las cosas hasta cuando no son fáciles.

Hoy es tarde, y aún tengo la piel calentita y la cama me está esperando, y un mañana lleno de arco iris me está esperando. Ha llegado el calor. Y la vida es bella, aunque debería ser distinta para ser perfecta. Tal vez es cierto que lo óptimo es el peor enemigo de lo bueno. Tratemos de no olvidarlo en el futuro.

El muro

16 junio 2010

Este, al menos, ha dejado de pelearse con el muro de las narices.

La gente que corre maratones cuentan que, cuando llevas unos 30 kilómetros de carreras, te la pegas con el muro. Ese es el punto en el que tus reservas de glúcidos e hidratos de carbono se han agotado y tu cuerpo tiene que empezar a tirar de grasas que, en otras condiciones, habrían quedado ahi, guardaditas, o hubieran salido de forma ordenada y paulatina.

Golpearte con el muro es fruto de un esfuerzo del recopón; el que has hecho en todos y cada uno de tus entrenamientos, el de la preparación para el día de la maratón, y el fruto de haber resistido, al menos, los 29,9 Km. anteriores. El muro no viene a golpearte al sofá de casa, mientras te tomas un refresco y miras la tele. No, hijo, no; para tener la experiencia de pegártela con el muro tienes que haber sudado previamente lo más grande.

Y sin embargo, de repente, lo que llevas a la espalda deja de estar de tu lado para subirse a tus espaldas y empezar a pesar como la materia oscura. Acaba con tus fuerzas en poco tiempo, poniéndote en bandeja de plata la opción de pararte en el primer bar de la esquina y pedirte unas bravas y una cervecita. Y que le vayan dando a la maratón.

Atravesar el muro es una cuestión de voluntad. Sabes que tu cuerpo aguantará otros 12 kilómetros porque cuenta con los mecanismos para hacerlo. Sabes perfectamente cómo hay que hacerlo; porque llevas ya 30 kilómetros haciéndolo. Se pone un pie delante del otro y se lleva el peso adelante, siempre adelante. Ahí es donde solo cuentas tú. Nadie puede dar un paso por tí, aunque haya un montón de gente encantada de recordarte y demostrarte cómo se corre y hacia dónde hay que ir. Adelante o al bar; tú eliges. Y miras a lado y lado y puedes ver las caras demudarse, porque los demás llevan también 30 kilómetros. Vaya, uno que parece en mejor forma. Otro que ha decidido que ya correrá otra maratón. Y ese, fresco como una rosa, que parece no estar en una carrera de fondo como tú. ¿Cómo lo hará, el cabrito?. En ese momento nada más importa porque estás rebentado y lo que te pide el cuerpo ya no es bajar el ritmo; es parar en seco y plantarte o poner el piloto automático, dejar de pensar y pasar a la ley de mínimos. Primero un pie, luego el otro y vuelta a empezar.

Pasar de ese mazazo significa, normalmente, llegar a la meta. En precario, en un cuerpo que ha tirado de reservas a marchas forzadas, de una energía que has tenido que sacar de donde, literalmente, ya no había. Hay que confiar en la mecánica del organismo, tanto a nivel celular como en lo que a memoria muscular toca.

Como supongo que podéis imaginar yo no corro maratones, pero así me siento ahora; dándome de leches contra el muro de los cojones. Tengo la parte más chunga a mis espaldas y sé perfectamente cómo se sigue desde aquí. Casi puedo visualizar la meta, y tengo claro que voy a llegar a ella. Que puedo llegar a ella. Pero hay que pasar el muro. Y cuesta.

Las redes sociales

10 junio 2010

Las redes sociales son un fenómeno curiosísimo. Un buen día te apuntas a Facebook y te pones en contacto con gente a la que ves a menudo. Te enteras de lo que hacen, quedas con ellos, comentas. Te acuerdas de otra gente y les buscas. Compañeros de antiguos trabajos, del instituto, del colegio. Añades a gente, y a veces te reencuentras con ellos. Una fiesta del instituto, otra del cole. No; no están cerca, pero les tienes cibernéticamente a mano. Este ha cortado con la novia, la otra ha sido madre, fulanito se ha mudado, menganita ha aprobado unas oposiciones.

Hoy me he encontrado con una excompañera del cole. Vive en mi barrio, muy cerca de casa. “Oye, ¿te has enterado de lo de Mónica?” “¿Qué Mónica?” “Coño, la del cole”. Mónica es la última mujer que ha muerto a manos de su pareja este año. Una ex compañera del colegio. No, no teníamos una gran relación… Pero de repente saltan a tu memoria gilipolleces compartidas a lo largo de esos años con Mónica y con los demás. Como la vez que se quiso cambiar de color de pelo y se hizo un estropicio, o cuando empezamos a hacer el cambio y todo en los vestuarios resultaba motivo de comentario, curiosidad o envidia. “No sé por qué te lo he dicho”. “No, no te preocupes, estoy bien”. “Bueno, oye, pues ya nos veremos. Ah, y que sepas que te sigo en Facebook”.

Hay quien usa las redes sociales para buscar los perfiles de candidatos a un puesto de trabajo, a ver qué pinta tienen. La policía busca a veces a criminales, a ver si comentan en su estado dónde andan. Yo he visto las últimas fotos que colgó Mónica. Sale sonriente, con otro color de pelo y abrazada al hombre que la ha matado.

Y en este momento no sé si ha sido una buena o una malísima idea hacerlo.

Una lista cerrada.

24 mayo 2010

Una de las cosas en las que Imperator contribuye a la riqueza del día a día en mi vida es que aproximadamente cada semana descubre un nuevo sistema de gestión del tiempo y decide contármelo (cosa que me encanta y le agradezco enormemente) y, claro, ponerlo en práctica. Normalmente los sistemas que perduran más consisten en apuntar ingentes cantidades de cosas. Lo que has hecho, lo que vas a hacer, lo que te gustaría hacer algún día… En listas distintas en una misma hoja o en hojas distintas. Ello representa para mi casa la ventaja adicional de que es raro encontrar alguna libreta virgen de las decenas de las que pueblan las estanterías, porque normalmente están marcadas y contienen alguna lista de algo, y a menos que sea mía será una lista pulcra, ordenada, escrita con letra apretadita y con las mayúsculas grandes y cuidadas, que a penas tendrá sentido, pero que da mucho gustito a la vista. Me encanta.

Pero, claro, una es débil y pudiendo vivir sumida en el caos y el maremagnum del día a día sin contemplaciones, ve todos estos ingentes esfuerzos por domesticar el tiempo (como intentar pastorear gatos) y le da por intentarlo. Tengo que reconocer que la mayor parte de las cosas no me han funcionado; por falta de constancia, por desidia o por otros mil motivos, pero sí aplico un par de normas básicas… Cada vez que decido que no me organizo suficientemente bien, cosa que sucede de vez en cuando.

  1. Creo una lista cerrada con las cosas que tengo que/quiero hacer y que están pendientes. Esta parte es importante, porque en épocas de agobio, de llevar muchas cosas encima y de querer llegar a todas partes, el crearse obligaciones confundiendo el placer con el “deber” (concepto este que merece un análisis a parte) puede convertir hasta las cosas más divertidas en un auténtico asco, en una obligación más.
  2. No añado nada que no sea puramente imprescindible. La lista es cerrada, y eso significa que por grande que sea la tentación (y a veces es muy muy grande) no hay que coger nuevos compromisos, ni apuntarse a mas actividades, ni tomar compromisos continuados o a largo plazo distintos a los que ya están en la lista. Ahora es cuestión de centrarse en ellos.
  3. Hago que cada cosa encuentre su sitio. Las ordeno, hago que cada una encuentre su tiempo en mi agenda o, con todo el dolor de mi corazón, las echo de ahí. Ya vendrán tiempos mejores, y dejar algo en un momento determinado, no significa que no puedas retomarlas otro día.

Todo ello, rudimentario frente a métodos mucho más elaborados, me ayuda a tener la ilusión de control necesaria para quitarme de encima la sensación opresiva de no llegar a todo lo que quiero hacer y de no tener tiempo ni para respirar.

Todo esto sirve para contar que estoy en un momento de lista cerrada. Voy por el mundo diciendo que no a cosas a las que en otro momento probablemente me tiraría de cabeza, pero toca priorizar, mirar la lista e ir llenándola de tachones, paso a paso, día a día. Es un gran alivio, y consigue que las cosas que se supone que deberían ser divertidas vuelvan a serlo, y las que me permiten hacer más cosas divertidas no se me coman la misma vida.

Y tener tiempo para sentarme en el sofá y ver como Imperator pasa de sus listas durante un fin de semana entero, y echarse una siesta o jugar a la consola (aunque sea porque eso estaba en nuestras respectivas listas) es una de las mejores ventajas adicionales de todo este montaje.

Templado

12 mayo 2010

En esta vida hay miles de millares de cosas que hay que aprender a templar. Yo, últimamente, ando trabajando con materiales tan distintos como el metal y el chocolate. Son procesos que tienen sus paralelismos; someter el material a la temperatura adecuada, enfriarlo, trabajarlo. Y se consiguen cosas muy distintas; que el chocolate quede lustroso y brillante y que el metal resista y sea más maleable. Evidentemente se aplican técnicas distintas a finalidades distintas, y no se puede templar el chocolate con un soplete, ni tiene demasiado sentido meter el metal en un baño maría y esperar el resultado adecuado.

– Basta de símiles estúpidos, nena. – Se oye desde el fondo.

Pues fíjate, yo no lo veo tan estúpido. Yo, como el chocolate y el metal, necesito templarme de vez en cuando. Porque hay veces que conviene dejar de estirarse y pasar al templado para ganar resistencia y maleabilidad y poder adoptar nuevas formas sin que un simple golpe tenga posibilidades de romperte en pedazos, y otras en las que un templado mucho más dulce puede conseguir hacerte brillar sin cristalizarte ni quemarte. Hay que probar para conseguir la maestría en el arte del templado, y quien diga lo contrario es que no lo ha probado o que ha tenido una suerte infinita acertando a la primera.

La cuestión es que los indicadores de haber encontrado el punto adecuado no se compran en formato termómetro ni dan un resultado numérico. A veces son profundamente equívocos, como las personas. Como una misma. Y hay veces en las que, por mucho que crees que lo haces todo bien, el resultado final se parece a lo que esperabas como un huevo a una castaña. No siempre es para mal, pero normalmente te sorprende.

¿Y aquí, baño maría o soplete?

Y así ando yo, entrando y saliendo del baño maría, bañándome en borax y considerando otro toque con el soplete mientras miro con mucha atención, adentro y a fuera, y cruzo los dedos mientras intento no olvidarme de nada de lo que no tiene que ver con templados ni demás tonterías de pija primermundista. Que a veces tengo que recordarme que, al final del día, mi vida es de auténtico lujo.

Consideraciones, o como cagarla a lo grande

27 abril 2010

Hay muchas formas posibles de cagarla.

Una puede pegar un resbalón y darle un empujoncito al de enfrente. Bueno, oye, nadie es perfecto, y menos subido en estos señores tacones.

Tal vez ese resbalón provoque el derramamiento de un café sobre una camisa blanca. Quemazón al de enfrente, que el pobre no tenía ninguna culpa, y una mancha engorrosa el resto del día. Que situación más violenta, cuánto lo siento, páseme usted la factura de la tintorería.

Pero hay formas y formas de cagarla. Yo, hoy, andaba tan metida en mi ombligo que he caído sobre el botón rojo, ese que no se debe pulsar jamás. Y no vale el yo no quería, y no sirven las disculpas. Ahora vete y cuéntale a quien le ha estallado un misil en la línea de flotación que lo sientes mucho, que ha sido una tontería por tu parte y que no se volverá a repetir. Claro que no, chata. Te habrás creído.

[Edit] Y, a pesar de eso, no creo que la peor de las cagadas merezca ensañamiento una vez reconocida la culpa y aprendida la lección. Que las consecuencias se afrontan, si no mejor, igual sin sentirse pateado.

Problemas actitudinales

16 abril 2010

Últimamente estoy escribiendo mucho sobre el trabajo. Claro, el resto va como deben funcionar las cosas; Bien. Mi padre está contento (al menos la mayor parte del tiempo), mi hermano anda hecho un titán, Imperator está triunfando con su trabajo, el despegue de nuestra nueva empresa va a pedir de boca (un poco lento, pero eso está dentro de lo previsto), mis amigos sieguen siendo la gente más cojonuda del universo y las cosas que hago (alguna de ellas os la voy a mostrar más adelante) me hacen inmensamene feliz.

Pero, ah, la condición humana, que hace que cuando hablamos siempre pensemos en la chinita en el zapato, y pocas veces contemos lo bonito que es el paisaje…

La cuestión es que el trabajo me tiene quemada, pero tiene sus momentos. Después de una semana relativamente tranquila en la que hubo un

Yo, vista por mi Gran Jefe.

grandísimo momento, cuando me reuní con el Gran Jefe, que dejó caer en medio de la conversación que yo tenía “problemas actitudinales”. Y, fíjate que cosas, es una de aquellas frases que en su momento oyes, pero que al carecer de mucho sentido no entiendes (a qué se refiere) hasta que ha pasado un rato, en uno de esos enormes momentos de escalera. “Problemas acitudinales”, oigan. Puede parecer raro, pero me hizo una gracia inmensa, porque me ví a mí misma como una especie de M.A. Barracus de la vida a los ojos de ese gran jefazo. Y la cosa no deja de tener su gracia. Desde aquél día a veces suelto la coletilla. “Mis problemas actitudinales y yo nos vamos a desayunar”. Los compañeros del curro se tronchaban.

Supongo que es natural; no se puede (ni es conveniente ni sano) gustar a todo el mundo. Y menos aún si lo que la gente espera de tí es que seas un corderito manso, que se calle sus opiniones y que no cuestione las decisiones (buenas o malas) de los demás. Esta etiqueta me la han colgado dos personas a quienes personalmente desprecio sobremanera, así que no me molesta. Al contrario. Y el hecho de que sean personas que ostentan posiciones de cierta relevancia y que sepan que mis problemas actitudinales y yo seguimos en nuestro sitio, y que me tomen como un grano en el culo… Qué queréis que os diga, me divierte. A veces resulta desagradable pero, visto con frialdad, no está nada mal.

La Alianza de Möbius - Mi idea, diseño y producción.

En otro orden de cosas he descubierto que mi recién adquirida afición por la joyería me hace inmensamente feliz. Y hasta parce que se me da bien. Es un mundillo en el que estoy entrando, poco a poco, pero empiezo a hacer cositas y a diseñar algunas piezas… Sencillas, claro. Pero en mi sexta clase, con la inestimable ayuda de mi profesor, que tiene el mejor carácter del mundo y toda la paciencia del universo, he diseñado y hecho una prueba de alianzas, que si todo va bien, serán las que usen unos amigos en su boda. Es un anillo inspirado en la cinta de Möbius, y me gusta un montón por su sencillez y por la idea de continuidad que, creo, es lo que se debe buscar en un símbolo de este calado.

La foto, claro, no hace exactamente justicia, pero me siento muy orgullosa de ella (la alianza, quiero decir, que la foto es muy mejorable).  Y así están las cosas; tranquilas. Ojalá se pudiera hacer puntos de restauración de la vida. Yo ponía uno aquí y ahora.

Motivos para que llegue el verano (II)

30 marzo 2010

Este es el post que WordPress ha tenido a bien no publicar esta mañana. Aunque me parece bien que me contéis vuestros motivos; he aquí el argumento incontestable de una señora esta mañana:

Ay, niña, pues sí, la verdad que vengo acalorada, porque no veas, que nos sale el sol y se pone a hacer viento, y con el viento, claro, una no va cómoda, porque hay que llevar pantalones, porque si no se te quedan las piernas frías, y eso no pasa en verano, que te puedes poner vestido, y eso yo lo prefiero, porque qué quieres que te diga, a mí los pantantalones no me gustan, que vas todo el día tapada ahí abajo, y al final, por limipa que vayas, una huele…”.

Esta ha sido la respuesta a un cortés “Buenos días” por parte de una clienta a la que no conocía hasta el momento… Y a la que ahora conozco más de lo que me gustaría. En fin, que feliz primavera a todo el mundo 🙂

Motivos para que llegue el verano

30 marzo 2010

La anécdota del día

19 marzo 2010

Quiero que imaginéis la escena. Diez de la mañana, hora zulú. Entra un señor en la oficina (sesentaytantos, de aspecto impecable, camisa remetida y frondoso peluquín negro) agitando un sobre y repitiendo una y otra vez “Dile a Pepe que este mes y el que viene estos recibos no me los mande a casa, que me los guarde en la oficina”. A partir de ahí el trabajo ha sido mío para hacerle entender:

1) Que sería un detalle que me diera su nombre para poder comentarle a Pepe (el subdirector) quién había venido.

2) Que con la simple visión del sobre (que además estaba VACÍO) no podía saber a qué recibos se refería.

3) Que los recibos no se imprimían, ensobraban y mandaban desde la oficina.

4) Que a mí nadie me avisa cada vez que a un cliente se le manda una carta para decidir si está bien que se le envíe la misma o no, y que no puedo pedir que se envíen concretamente unos recibos a la oficina y otros no.

5) Que siempre que quiera puede pasar a pedir duplicados de los recibos, que no se los cobraremos.

… Y un largo etcétera. Y lo chocante de la historia es que aquí todo el mundo está convencido de que estas cosas no las hago yo porque no me da la real gana, porque seguro que el bueno de Pepe lo hubiera hecho.

Me gustaría, de verdad, deciros que esto es anecdótico, pero no puedo. Ya no sé si seguir fascinándome o empezar a mosquearme.