La charla de Emma Watson

23 septiembre 2014

Me ha comentado un pajarito (ja ja ja) que por tuiter están poniendo a caldo a Emma Watson por una parte de su discurso, concretamente por la que defendía que los hombres son una parte crucial del feminismo. Yo vengo a contar que estoy de acuerdo con ella.

Hace mucho tiempo que digo que creo que es un despropósito que un movimiento que lucha por la igualdad y la no discriminación contemple, en ninguna de sus vertientes, una exclusión del mismo ni más ni menos que el 50% de la población mundial.

La igualdad es cuestión de todo el mundo, no solamente de la gente que es discriminada de alguna manera. Hay que ser extremadamente cuidadoso con lo que se refiere a la gente que sufre, o tiene más probabilidades de sufrir, una injusticia. Mucho más observante de las conductas potencialmente discriminatorias. Lo que no tiene ningún sentido es que pase a crearse culpables a priori, solamente por no pertenecer a ese colectivo.

Lo que es malo e injusto son las actitudes y los actos; nadie es culpable por tener una determinada configuración genital. El acoso está mal. La desigualdad de sueldos está mal. Cualquier cosa que haga que alguien sea discriminado por lo que es (INCLUSO por ser hombre) ESTÁ MAL.

Evidentemente el machismo ha causado que generaciones enteras de hombres, de una u otra manera, fueran reprimidos y/o discriminados. No creo que debamos perpetuar esa situación. Mucho menos desde el feminismo. El feminismo no debe consistir en pisarle la cabeza ni cerrarle la boca a nadie por razón de género. Los hombres deben formar parte del movimiento feminista, porque es un avance para todo el mundo, porque es lo justo y es bueno. Para nosotras y para ellos y para cualquiera.

Me alegro enormemente de toda la difusión que está teniendo el discurso de marras. Creo que está lleno de sentido común. Ojalá llegue no solamente a quienes ya estamos convencidos/as y la gente pierda miedo a colgarse la etiqueta de feminista. Feminismo, para mí, es lo que defendía Emma Watson en su charla. Y creo que es necesario que esta visión llegue a más gente, y que cualquiera pueda sentirse incluido por el movimiento feminista.

Como referencia; este es el discurso traducido y el vídeo en Versión Original.

http://smoda.elpais.com/articulos/discurso-emma-watson-onu/5345

Cosas que dejé por el camino.

8 octubre 2012
Dejemos que la señorita ilustre lo que hago con los gatillazos de mi fuerza de voluntad.

Dejemos que la señorita ilustre lo que hago con los gatillazos de mi fuerza de voluntad.

Me doy cuenta de que en estos últimos tiempos (la indeterminación, en este sentido, como apreciarán, es terriblemente conveniente) se me han quedado un montón de cosas por el camino. He tenido la habilidad de dejar de lado un montón de actividades que me convienen y otras que me divierten. Y, claro, me doy cuenta de todo esto a la que tengo poco tiempo y me doy cuenta de cómo las echo de menos.

He apartado la joyería. He apartado los experimentos en la cocina. He apartado el ejercicio. He apartado esa vertiente petarda y coqueta. He apartado hasta la lectura. Y si no fuera porque ahora tengo en casa el mejor tema del mundo habría apartado hasta la fotografía. Todo ello sin tener en cuenta otros proyectos de ámbito mucho más trascendente que implican, además de determinación, un montón de trabajo para alguien como yo, que no  los conoce por instinto.

A veces no nos damos cuenta de cuánto nos hemos estancado hasta que algo nos frena del todo. O al menos es lo que me pasa a mí, que soy muy tonta para según qué cosas, y tengo esa horrible costumbre de ir mirando continuamente hacia afuera sin aprovechar todo ese movimiento para tomar perspectiva y analizar. Mal vamos.

Cualquiera será capaz de decirme que los propósitos de año nuevo son una pollez y que cada día es bueno para iniciar un cambio. Ya, muchas gracias, lo aprecio de verdad. Pero a veces es necesario que se junten el cielo y la tierra, encontrar un detonante, por una parte, y la motivación, por otra, para poner esa pesada rueda en movimiento. Y cuántas veces no le ha pasado a usted, amable lector, que aún con esos dos elementos no ha fracasado estrepitosamente y ha corrido, como alma que lleva el diablo, a barrer ese gatillazo de su voluntad debajo de la alfombra, no vaya a ser que cualquiera que pase por el salón le vea y luego sea incapaz de tomarle en serio. A mi me ha pasado, demasiado a menudo, y por eso a veces soy incapaz de darme mucho más crédito. Porque una no puede hacerse la longuis con las cosas que ya sabe.

Existe, sin embargo, la opción de echar a andar a lo loco; de darse un primer impulso como si realmente las cosas pudieran funcionar esperando que la rueda coja inercia y haga parte del trabajo por usted. Como un producto de la teletienda. Tiene que tener buen márketing, claro, para que quien lo vea vaya a comprar que es un comportamiento natural en ti y que, en realidad, y al menos en ese tema, estás de vuelta de todo.

Cabe decir que esta última es una opción que a mí, particularmente, nunca me ha gustado y me parece más falsa que un duro de cartón pero, señores, viendo que al vecino le luce y que todo el mundo parece ansioso por comprar, tal vez sea que yo me equivoco. Acostumbra a pasar, no se preocupen, que esto no es nuevo.

Así que si bien por ahora no puedo retomar la joyería por motivos evidentes y la cocina, en estos momentos, me la trae un poco floja (mal indicador, ya que estamos) sí hay cosas que puedo priorizar y poner en marcha como si siempre hubieran estado ahí o, en algunos casos, nunca hubieran dejado de estarlo.

Consejo que les doy disponiendo de información privilegiada; no se jueguen un duro en esta timba, no vaya a ser que la próxima vez que me vean noten un bulto mayor bajo mi alfombra y se den cuenta de que les han vaciado la cartera. Ya, si eso, les aviso cuando la cosa esté más clara. O tal vez lo vean ustedes mismos. Fíjense si la próxima vez que me vean estoy más alegre y simpática y resulto más grata compañía. Si es así todos habremos ganado sin arriesgar un duro y, en confianza, pocos sabrán que todo empezó siendo corchopán.

Toda la belleza del mundo.

26 septiembre 2012

Habrá quien diga que lo más bello del mundo es un lugar, tal vez un amanecer, una joya. Habrá quien piense que la belleza es una persona a quien aman, o un actor, o tal vez su penador favorito, por eso de darle un tinte intelectual a su elección. Para cada cual la belleza es algo distinto, desde luego.

En el año y largo que hace que no pasaba por aquí mi vida se ha dado la vuelta como un calcetín varias veces. Supongo que si alguien lo mirara desde fuera ahora mismo pensaría que me drogo. Tal vez estén en lo cierto, no lo voy a negar. Pero a veces los mayores cambios pasan desapercibidos excepto para quien los vive, y supongo que este es el caso.

Y es verdad, oigan; yo tampoco he cambiado tanto. Supongo que, para desconcierto y disgusto de más de un espectador, en las grandes cosas sigo más o menos igual. Pero sí es cierto que he aprendido a ver las cosas de una forma distinta, aunque en este momento aún no sepa qué hacer exactamente con ello. “Farfollas, nena, esto no es más que bullshit.” Pues tal vez, oiga. Ya se verá. Yo sí lo noto. Mi percepción se ha cubierto de pátinas y barnices y estas, ahora mismo, lo transforman todo.

Sí puedo decir que me ha ocurrido algo maravilloso; el nacimiento de mi hija. Será orgullo de madre, o las hormonas que nos vuelven a todas imbéciles o cualquier otra cosa a la que el respetable tenga a bien achacar este nivel de exaltación, pero lo cierto es que cada vez que la miro, la acaricio, la huelo u oigo sus ruiditos me parece que estoy tocando la creación más perfecta de la historia de la humanidad, la perfección hecha carne. Ella es lo más bello del mundo hasta donde han podido llegar a ver estos ojitos. Pueden llevarme la contraria, aunque en el fondo todos sepamos que están ustedes equivocados. No se lo voy a tener en cuenta.

Feliz 2011

30 marzo 2011

Sí, señores. Más de tres meses después una se asoma, saluda y les felicita solícitamente el año. No como si estos tres meses no hubiesen existido o fueran algo sin valor, qué va. Al contrario. Pero llegan estas alturas del año y me sigo debatiendo entre decidir si estamos en el “¿Aún?” o en el “¿Ya?”. La magia de la distorsión temporal.

Para resumir rápidamente los acontecimientos; resaca navideña, fin de carrera (sin viaje de tal, por el momento), operación de vesícula biliar (todo bien, gracias), escapada a Rumanía, gatete accidentado (en proceso de recuperación) y piso nuevo. Y precisamente sobre esto último venía yo a hablar.

Hace tiempo hablaba con una amiga sobre qué representa vivir en un lugar. Para cada uno su casa puede significar algo distinto; hay gente mucho menos apegada que yo para quien su casa es el sitio en el que duerme y guarda sus cosas, una especie de oficina de lo que hay fuera del trabajo, y no tiene gran cariño por ella. No porque no le guste, sino porque su valor es fundamentalmente práctico. Para mí el sitio donde vivo, mi casa, es algo distinto. Es, en primer lugar un acumulador de recuerdos y un lugar donde hacer planes, tanto de presente como de futuro. Y este que dejo mañana es casi parte de mi pasado, y es importante, entre muchas otras cosas, por lo que me ha dado por recordar.

El piso donde he vivido durante los últimos cinco años ha cobijado momentos cruciales de mi vida. Aquí despedí a quien en su momento fue mi mejor amiga. Ella me ayudó a limpiar el desastre que era este piso cuando entré por primera vez en él; lo que habían dejado tras de sí meses de abandono después de la ocupación de un grupo de gente que, literalmente, lo destrozaron. Ella se arremangó conmigo y me ayudó a preparar el que en ese momento iba a ser mi nido. Una no puede dejar de mostrar su disconformidad cuando, después de una relación que significa tanto, la otra persona toma una decisión terriblemente injusta (y no quiero que nadie me malinterprete con esto; considero que hay muchos motivos por los que alguien puede decidir que no me quiere en su vida, pero me repatea que los que esgriman no sean ciertos o, al menos, no me sean imputables a mí) pero, al fin y al cabo, la vida es pasar página, y el que no seamos amigas no quita ni una pizca de valor a lo que fue nuestra amistad en su día. No, al menos, para mí.

Llegué a este piso con una persona con quien había compartido once años de mi vida, a quien había amado y amaba con locura, pero de quien el paso del tiempo me había (nos había) ido distanciando en lugar de juntarnos. Supongo que es un riesgo que se corre cuando conoces muy joven a alguien y el carácter de ambos, las preferencia e intereses, está aún por acabar de formar y definir. No hay forma de culpar a alguien por seguir siendo la persona de quien te enamoraste en su momento, aunque esas cosas no sean las que quieres en tu vida más adelante. Hay veces en las que quererse no es suficiente y, aunque la otra persona siga teniendo todo lo bueno que amabas de ella, puede que las cosas no funcionen y de una forma terriblemente simple, la relación deje de tener sentido. Cada vez que he perdido a alguien a quien he querido así (fuera pareja, amigo o familiar), una parte de mí se ha quedado ahí, detenida en el tiempo, viendo ese espacio tan hueco que deja esa ausencia, todo lo bueno que lo llenaba y todo lo que no lo era tanto. Fuera bueno o no, era importante y todo cuanto viví con ellos es parte de quien soy ahora. Por eso, una parte de mí sigue sentada en el sofá rubricando esa ruptura, sopesando los pros y los contras para ambos y decidida a que eso es lo mejor para los dos, aunque doliese. Queda el consuelo de pensar que he aprendido de ello, y no puedo por más que desear que su vida sea mejor ahora, tan buena como pueda ser. El recuerdo y el aprendizaje es la vasta herencia que algo así debería dejarnos a todos.

En este piso también despedí a mi madre. Aunque en esa tarde de jueves de mayo en la que la vi, en la que hablé con ella, en la que la abracé por última vez no lo supiera, esa fue nuestra despedida. La recuerdo sonriendo, con su pelo brillante y sus labios carnosos, contándome sus historias y sus planes, las visitas al médico y trayéndome unos juegos de sábanas para las chicas a quienes había alquilado las habitaciones para poder seguir pagando el alquiler, a todas luces fuera de mis posibilidades con mi sueldo en solitario. Mi madre, con la que había tenido una relación que para muchos estándares dejaba tanto que desear, con la que en ese momento vivía algunos de los mejores momentos. A ella también la despedí en este comedor, y su presencia también flota por aquí, en el aire, con sus ojos vivísimos de color avellana.

En este piso también he emprendido proyectos que han quedado en agua de borrajas; muchas veces por errores de otros, las más, ya que hablamos de mi vida, me los imputo directamente a mí. A lo que debería haber hecho, explicado y expresado de otras formas. A decisiones equivocadas que tomé y a las que quedaron en el tintero. De muchas de ellas son testigos estas paredes y, a veces, mirando simplemente un punto fijo de la pared en el que posé mi vista al darme cuenta de cuánto o en qué la había cagando, vuelvo a revivir mis errores. Ahí están esos huecos acusadores, cómplices mudos de mi mala consciencia, a los que a veces sorprendo recordándome patinazos propios y ajenos.

Y aquí también he vivido grandísimos momentos con mis amigos. Con algunos que ya no forman parte de mi vida. Con otros que me han acompañado en este proceso, convirtiendo este espacio en lo que debía ser a cada momento (un piso para dos, para una, para tres o para lo que hiciera falta a cada momento). Aún recuerdo a algunos de ellos ayudándome a traer camas o moviendo armarios. Creo que no hay forma en la que algo así se pueda agradecer lo suficiente ni se pueda medir en galletas, abrazos o cubatas. Otros lo han llenado con su presencia; jugando, viendo pelis, acompañándome mientras aprendía alquimia en la cocina. De todos ellos quedan también recuerdos invisibles impregnados en cada habitación o en tinta de colores en las paredes de baldosa. Me va a saber fatal no poder llevármelos al piso nuevo, pero supongo que eso significa que deberán ir pasando para volver a dejar constancia de su presencia.

Las más, sin embargo, deben ser las historias que dejo aquí por mí misma. Las historias de miedo, de amor, de retos, de cumplimientos, de resignación y de superación que han marcado cada uno de estos rincones, cada centímetro de pared y cada baldosa del suelo. Esas quedan para mi cuenta personal y ahí las atesoro.

Y este piso, también, ha sido el lugar de verdadero encuentro con Imperator. Porque cuando nos hacemos mayores las cosas se simplifican un montón aunque para un ojo poco entrenado puedan parecer mucho más complicadas. Lo que comenzó como una aventura, como un encuentro casual en un momento duro para ambos, cobró mayor sentido cuando fue capaz de dejarlo todo para estar conmigo el día de la muerte de mi madre. Y aunque algo así pudiera achacarse al enamoramiento, a la primera fase de luna de miel en una relación, a la ceguera de la primera etapa, él cogió y lo plantó todo e hizo de este, que era mío, también su nido. En este piso nos hemos conocido, querido, enfadado, comprendido. Nos hemos conocido cada uno y el uno al otro. Estas paredes huelen ahora a él y a mí, a nuestros planes y proyectos y a las mil y una preocupaciones que hemos tenido juntos y por separado en estos casi tres años de convivencia. Y aún es el momento en el que pensando en esta historia siento un poco de vértigo, y noto como se me encoge el estómago, y recuerdo las fotos que llevo en la cabeza (él, trabajando en esta habitación en la que estoy ahora, en la que era su mesa, a contraluz, mientras le miro desde el sofá, o besándome la nuca mientras cocino, o emocionándose conmigo mientras vemos una serie que nos gusta, o sonriendo con cariño mientras le enseño la última gilipollez que he descubierto y que me hace terriblemente feliz) y pienso que hay muchas formas de amar, y que con él he descubierto una, abierta y honesta, que acepta las imperfecciones y los errores, desprovista de cuentos de hadas y, sin embargo, chorreante de magia y encanto con los pies en el suelo, que deja todo el espacio del mundo para crecer. Esta casa está llena de un amor inmenso, imperfecto como todo lo que es de verdad cuando se mira lo suficientemente de cerca. Aquí plantamos la historia de un comienzo de esos de los que supongo que nadie querría para un libro, pero que yo hubiera firmado (y he firmado, y firmaré) como parte de la historia de mi vida.

Y este es el momento de dejarlo y de irnos a otro, que será nuestro, de los dos, desde un principio. Es un piso completamente nuevo; sólo nosotros habremos vivido el él, cosa que no deja de parecerme simbólica. Todo cuanto ello representa será solamente de los dos de la primera a más allá de la última letra de la hipoteca, y habrá que llenarlo de nuevos recuerdos y significados, de nuevas gentes y de nuevas despedidas. Ignoro completamente si ese va a ser el piso en el que vivamos juntos para siempre, pero hemos hecho una apuesta que dice que eso no nos parece mala idea en absoluto. Ese, desde mañana mismo, va a ser mi origen de coordenadas (0,0,0). Y esto que os he contado es lo que encierran estas puertas que dentro de poco van a dejar de ser las nuestras. Esto es lo que esconden y que nadie más que yo puede ver. Y por eso, llena de ilusión, ganas y nervios como estoy ahora mismo, también a ratos me da por entristecerme despidiéndome de esta que ha sido mi casa durante todos estos (y muchos más) hitos de mi vida. En una semana esto volverá a ser otro piso vacío en busca de arrendatario. Hoy, esta noche, aún es parte de mi presente. Así que voy a seguir despidiéndome de él.

No es tan complicado.

21 diciembre 2010



Quejarse es una miseria. Es lo que queda cuando buscas el apoyo ajeno, o cuando no te cabe ya otra opción más constructiva. Y la cuestión es que esa opción siempre está ahí; sólo hay que encontrarla y tener ganas de acometerla con todo, como decían aquellos, sin guardar nada para la vuelta.

Los problemas (hay quien prefiere llamarlos “retos”, yo no creo que ese eufemismo funcione siempre) son menos cuando los separas en trozos chiquitillos y te pones metas realistas al respecto. Ya sabéis; a veces no es lo que apetece, pero a menudo es lo que toca.

Gracias a esta filosofía, y a lo de apretar los dientes y mirar un poco más allá, con un último empujón tendré casi el título universitario que me certificará como diplomada en ciencias empresariales antes de primavera. Os juro por lo más sagrado (o expresión atea equivalente, que no se me ocurre) que ahora mismo me sabe agridulce. Dulce porque me ha servido para demostrarme a mí misma que, por encima de cualquier escepticismo sobre mi capacidad o voluntad para plantar los codos en la mesa y pasar horas y horas estudiando a cerca de cosas que, en realidad, no me importan en absoluto, he sido capaz. Sólo porque lo he decidido. He empleado mi tiempo y mi dinero en demostrarme a mí misma que soy capaz cuando lo decido, y eso no es moco de pavo. Por mucho que luego el diploma vaya a servirme como mantel individual de mesa, mayormente. Qué narices; precisamente por ese motivo voy a colgarlo en algún sitio visible de casa, probablemente cerca de la foto que me sacaron al lado del Obradoiro cuando por fin dimos los últimos pasos del Camino de Santiago, en el que sujeto un papelajo que pone en mayúsculas “YO HE PODIDO”. Vaya si he podido. Con un par. También miro en retrospectiva todo el camino (el de estas dos andanzas) y me sabe amargo. Por los mismos motivos, precisamente. Podía haberlo hecho mejor, claro, y mucho más rápido y tal vez habría habido menos elevaciones de cejas escépticas, de las cejas que una viene en considerar importantes. Pero podía, y lo hago. Casi lo he hecho ya.

Los cambios de paradigma sobre cómo afrontar las cosas se extienden a más campos. Del mismo modo que he llegado a reconocer que a mí lo de que me guste la música me parece un trabajazo y que prefiero que me gusten las canciones sueltas, por eso de que no tengo paciencia para investigar todo un género o escuchar todo lo de un autor y prefiero quedarme con las piezas que realmente me llaman la atención, he de venir a reconocer que a mí no me gusta la gente. Me gustan algunas personas, muy pocas en realidad. Eso es un inconveniente, claro, porque esas personas no tienen por qué pensar como yo, y a veces les parecerán mucho más interesantes otras personas, como alguien puede querer dedicarse a ser un experto en Funky, en Hard Rock o Techno, mientras a mí solo me interesan unas pocas canciones. Supongo que es hora de aceptarlo como una niña mayor y seguir adelante, buscar otras canciones sin renunciar a las que me gustan (por eso de ir variando y ampliar las opciones de que de vez en cuando suene algo que me guste) y permitir que los demás exploren el género que les interese a su gusto. Es el derecho de cada uno y el egoísmo, en ese sentido, es un camino equivocado.

Quejarse sobre el curro es un error, también, solo que este en general es un error común. Una amiga que trabaja en un sitio de los de envidia ajena (e insana, añado), hablaba del síndrome del paraíso; de que cuando das por sentadas las cosas buenas que tiene tu lugar de trabajo te pones a lamentarte como un loco de lo malo que tiene, aunque para otros eso pueda parecer una nimiedad, y lo bueno se difumina hasta perder relevancia. De vez en cuando conviene pensar por qué estás ahí, lo que te gusta de lo que haces y volver a disfrutarlo como si fuera tu primer día, solo que sabiendo mucho más. No nos equivoquemos; mi trabajo es, a veces, exasperante, lleno de señoras en busca de “candelarios” y de gente que parece creer que me embolso yo personalmente las comisiones que se les cobran en sus cuentas. También veo cómo la gente pasa baches, personales y financieros (la crisis esta es terreno abonado para eso) y cómo las exigencias crecen, a veces más allá de lo que es razonable. Pero, leches, tengo un trabajo, que en esta época no es moco de pavo, con jornada intensiva (que no media jornada), cinco días a la semana y cobro puntualmente. Mis compañeros funcionan a la suya, y aunque haya aspectos en los que me parece que no hacen bien, no me hacen la vida imposible (y si habéis vivido una situación similar sabréis de lo que hablo). No, definitivamente no me haré rica ahí, pero sé bien por qué elegí eso en su momento y fue un bálsamo. A nadie le interesan mis miserias del día a día, que se hacen cansinas y realmente no aportan nada nuevo. Puedo cambiarlo, claro, y a menudo pienso en hacerlo. Pero será para ir a mejor. El proyecto ya está ahí.

Y a todas estas voy y me compro una moto para facilitarme un pelín la vida. Por eso de ganar en autonomía, no depender del transporte público o la buena voluntad de quien me quiera llevar a los sitios. Una moto muy mona; de color azul, nuevecita y de precio razonable. Qué alivio. Salvo en la parte en la que no funciona, porque el motor de arranque ha venido defectuoso de fábrica y, al ser un modelo nuevo, no disponen de recambios. Dos meses, tiene, y ya ha pasado cuatro veces por el taller (una con grúa, a la espera de saber si esta vez también va a ser necesario) y no funciona. Así de llano se lo pongo. Pero puedo seguir pagando; la moto, el seguro, lo que haga falta. El no funcionar también es algo que va solo, a mí no me necesita para nada. Otro problema menos.

Solo que esto me complica la vida, porque la compra no se hace sola y no sube a casa por su propia voluntad; hay que ir a cazar. ¿Qué más da si tengo que hacer la práctica, limpiar las ollas de la sopa de Navidad (que se ha estropeado por un hueso de jamón rancio, suerte que la he hecho con tiempo de sobras y puedo empezar de cero), limpiar el piso, llevar el abrigo al tinte, los zapatos al zapatero o, no sé, descansar?. Poco a poco, desmigajar, pillar a trozos pequeños. Llegaré a lo que llegue, y al mundo y a las contrariedades les pueden ir dando por el tubo de escape o por el hueso pasado.

Y, en un punto y aparte que no puede ser tenido como reto en ningún caso, están mis tripas. Que si toca ir de médico en médico hasta que decidan cómo y si toca cortar un cacho superfluo, doloroso y sin glamour hay que echarle paciencia, que al fin y al cabo esto es algo que se hace casi solo.

Centrarse en lo malo es, a veces, tentador. Pero es un camino cuesta abajo y cierra las puertas a cualquier mejora posible. A veces incluso a mantenerse a flote.

Ahora toca espantar nubarrones y ponerse en camino. Que si esto hubiera de ser fácil lo haría cualquiera.

 

Oniric, 03/11/10.

3 noviembre 2010

Sabíamos que se moría, pero supongo que nadie esperaba que fuese tan rápido. De repente está enferma, de repente es grave, de repente empeora, de repente casi no está ahí y, de repente, ya se ha ido. Pienso en ella y la recuerdo; en las RAM, en las fiestas de fin de año (con esas divisiones, siempre complejas, de tareas), en las ocasiones en las que venía a Barcelona, hasta hace poco con relativa frecuencia. Las cenas en el Flamant, en la que era su casa por aquí, tomando algo en una terraza. Recuerdo su peculiar forma de hablar, el timbre de su voz, su risilla contenida y la que no contenía en absoluto. Su amor por los gatos. Su amor por su hija, tan a su manera. Ese pelo que siempre me dio envidia y las veces que lo peiné; maquillaje compartido, partidas de Set y Catán, un paseo por el Retiro. El joyero que me regaló y esas pequeñas aguamarinas.

Ver cómo alguien se va siendo relativamente joven, y dejando tantas cosas embastadas es doloroso; ver cómo se rompen los hilillos y contemplar las piezas que quedan que quedan sueltas es lo que duele de verdad. Los demás saldremos adelante, claro. Peor que mejor.
Soy de lagrimilla fácil, qué queréis. El otro día viendo un capítulo de House me convertí en un mar de lágrimas, y ahora no dejo de pensar en ello. “Siempre querremos un rato más”. Cuán cierto es eso. Sin medidas ni medias tintas.

El caso es que esta es una despedida, y nadie puede remediarlo. Así, pues, que descanses, y márchate con un gran beso. Los que nos quedamos, o al menos yo, brindo por tí. E intentaré ser de utilidad y consuelo para los que dejas atrás. Procuraremos que la vida sea un paseo por la playa y un cesto de gatetes.

La vida 2.0

22 septiembre 2010

Esta es una identidad 2.0. Y necesitará pronto un cambio de pañales.

Imperator ha publicado una serie interesantísima de entradas sobre el narcisismo. Sé que lleva alguna más de cabeza; me lo comenta mientras va rumiando y esperando ese estado de flujo que tan propicio le es para escribir. Y la espera merece la pena, supongo. Yo vivo cada día con sus reflexiones.

Gran parte de esas entradas van relacionadas con la cuestión de la identidad, y cómo esta, al final del día, puede ser maquillada y manipulada con un perfil suficientemente interesante en internet. No tiene por qué ser de verdad, ni siquiera parecerse a nosotros. Solo tiene que resultar fascinante y estar al alcance de quien quiera comprarlo. Un éxito asegurado, oiga.

Es solo que… Internet es, en realidad, un espacio mayormente vacío para el contacto humano. Y, curiosamente, es el sitio a donde corre la gente para sentirse arropada, aprobada y querida, para construir a ese otro alguien rodeado de gente que le espera embelesada y le admira. Si lo simplificas lo suficiente tener una identidad atractiva en internet es como tener un tamagotchi. O le das de comer, le limpias y juegas con él con regularidad o deja de ser el juguete que quieres tener y del que puedes fardar un montón para pasar a ser otro trasto inservible en un cajón que ya nunca visitas.

Esa, claro, no es la principal utilidad del invento, pero es altamente goloso. ¿Para qué tener una identidad normal si puedes ser tan cool?. Solo hace falta un poco de tiempo y esfuerzo y la recompensa está ahí, al alcance de tu mano, a imagen y semejanza de la de cualquiera de los gurús 2.0.

Muchas veces sucede que la gente no es consciente de eso, ni de que el tiempo es un factor limitante, ni de que internet, al final del día, no se viene contigo a la cama ni te aguantará cada día cuando la boca te sepa a sueño por las mañanas. Porque la vida de la mayor parte de nosotros es de lo más prosaico. Poca gente tiene continuamente cosas interesantes que contar, experiencias fuera de serie o encuentros trascendentes. La vida, nos guste o no, se compone mayormente de rutinas, y los virajes que pueda pegar serán, normalmente, parecidos a los de cualquier hijo de vecino. Porque no se puede vivir continuamente en un redoble de tambores y un “más difícil todavía”. Eso no hay cuerpo que lo aguante sin requerir medicación o un cambio de baraja.

Y sin embargo a mí me gusta la vida 2.0, pero la de bajo perfil. Me alegra un montón cuando mis amigos cuentan cosas que les pasan sin que cada acontecimiento tenga que ser el primer acto de un drama o la apoteosis de 300. Me gusta tener la sensación de que la gente comparte conmigo (y con todos sus demás amigos, claro) parte de sus vidas sin que se tengan que convertir necesariamente en un quefuertequefuertequefuerte. No me interesa ver un espectáculo representado para un público devoto ávido de miguitas.

Creo que nos hemos acostumbrado demasiado al formato de las series. A veces tengo la sensación de que hay un montón de gente que se siente obligada a que cada capítulo de sus vidas tenga un giro inesperado o suponga realmente un avance significativo del guión, y un montón de gente (porque estos grupos no son excluyentes entre sí) que se sienten terriblemente decepcionados cuando lo más interesante que tienes que contar es que tu vida sigue como siempre, con tan solo pequeños matices.

La vida, tal como yo la concibo, es un cambio continuo pero lento. Y está llena de cosas con poco glamour. La mayor parte de las veces que quedamos con los amigos lo pasaremos bien, pero no será el punto álgido de nuestras vidas (de esa semana). Y tendremos nuestros problemas y ese no será nuestro peor momento. Me gusta, porque no requiere rasgarse las vestiduras ni ser terriblemente emo. Supongo que, en el fondo, eso es muy poco 2.0.

Life on Mars

26 agosto 2010

Sí, vale, aquí todos tenemos vidas interiores profundas y ricas. Cada cual, a su manera, se las apaña para vivir, si no con una sólida coherencia interna, al menos sin que ello le quite el sueño. Y a pesar de eso los paisajes mentales de cada cual son completamente distintos. Intentar averiguar cómo funciona alguien es un viaje a un país en el que la gravedad es distinta, el cielo es verde, llueve Ginger Ale y los crustáceos ganaron la carrera evolutiva.
Y a pesar de ello andamos por la calle cada día, y hablamos con otra gente, amamos, discutimos e, incluso, creemos que podemos llegar a entender al prójimo. A mí cada vez me parece más coherente pensar que lo que hago con los demás es memorizar y acordar patrones. Que alguien haga algo como acostumbra a hacerlo o como yo le pido que lo haga no significa, en realidad, más que eso. En su mente seguirá hablando con gambas y langostinos a los que, por cualquier motivo, les irá bien que actúe como vaya a hacerlo… Pero yo sigo sin poder pensar en crustáceo, y nadie puede situarse en mi cabeza, ni saber hasta qué punto algo es importante para mí.
En realidad nada es universal. Parece ser que hay referentes comunes y elementos que se repiten con más o menos frecuencia, pero a la que escarbas un poco subyace algo distinto.
Y sin embargo, qué cosas, a veces creemos conocer a alguien porque encorsetamos su forma de actuar para adaptarlo a nuestros moldes. Vemos a los demás reflejados en nuestros propios espejos deformantes y nos da por pensar que eso que vemos es lo que hay. ¿Qué pinta tendremos en sus espejos?.
Yo a veces me lo pregunto. Me descubro pensando en la forma de pensar de los demás como si fueran yo. Y eso no funciona así, es evidente. No solo difieren las motivaciones, difieren los objetos y las escalas. Las cosas que son importantes, y para qué y de qué manera lo son. A veces me limito a tirar la toalla y mirar con resignación, asumiendo que hay conceptos y formas de actuar (como según qué zapatos) con las que no me voy a sentir cómoda, ni tengo por qué hacerlo. Están ahí y cumplen su función para alguien, sean de mi gusto o no. Supongo que sería pretencioso por mi parte decir que a veces me alegro cuando veo a alguien que funciona de una manera más funcional o práctica desde mi punto de vista que el que yo creo que soy capaz de adoptar. Probablemente lo que sienta sea más una mezcla de envidia y admiración (quedan reservados los derechos sobre la formulación exacta del resultado). También tengo a veces la sensación de que los demás se pierden algo por no ver según qué cosas como las veo yo.
Mundos interiores apasionantes y riquísimos, decía. Es reconfortante pensar que hay puentes tendidos que los unen, aunque puedan tener la solidez de un pedo de hada.

La utopía de la playa

19 agosto 2010

El verano acostumbra a ser una época tranquila. Brilla el sol, se secan las macetas y las chicharras cantan alegres mientras todo el mundo saca el alma por los poros. Cuantísimo sudor he derramado este año.

Trabajar en Agosto, sobre todo en las semanas centrales, es una experiencia curiosa. Puedes dedicarle tiempo a sacar todos los marrones que se han ido acumulando durante meses y meses (y te miraban acusadores desde cualquier rincón, pacientes o a punto de estallar como una bomba de proximidad con detector de inoportunidad) y a los que no has podido prestar atención. Algunos de los que he desenterrado esta semana se habían momificado ya (podríamos llamarlos “Marrón Gran Reserva”), y hay un par que aún me hacen dudar, porque no sé si sería mejor barrerlos de nuevo bajo la alfombra o sacarlos a la luz para que que todo el mundo pueda mirarlos fascinado.

– ¡Mira, si tiene los ojitos de su madre!

La ciudad, además, se convierte en un escenario apocalíptico; no creí que vería el colmado del barrio cerrado antes de que vinieran los zombies, pero creo que el Ramadán ha precipitado esa visión. Las calles huelen a asfalto caliente y a tubo de escape, a hierba reseca y, de vez en cuando, a humedad, a sal, a aceite de coco.

Vivir en una población costera es lo que tiene; sabes que la playa está ahí, a 15 minutos en metro, algo más si te dejas caer rodando desde la montaña, pero cuando te quieres dar cuenta te fijas en que no la has pisado durante el día ni una sola vez este año. Tal vez por eso sigue pareciéndome atractiva la idea de dedicar unos días de vacaciones al más improductivo turismo playero; porque mi piel echa de menos bañarse de luz y yo dormitear mientras me tuesto, y está visto que por muchos propósitos de compaginación playa-trabajo que haga las tardes de verano terminan poblándose de gente, de experiencias y de sitios interesantes, de panzones de reir en las terrazas, de charlas trascendentes, de mimos y de siestas con gatetes que tampoco cambiaría por nada. La playa siempre estará ahí, a 15 minutos en metro. Cuando llegue diciembre no me perdonaré no haber ido.

Con lo que te gusta y lo barato que sale.

Ya, ¿y a qué te apetecía renunciar en ese momento?

Y durante el verano sucede en otros ámbitos de la vida lo que en el trabajo; te dedicas a prestar atención a cosas que normalmente pasan desapercibidas, y toca decidir qué hacer con ellas. Desenredas, tiras, remozas y te maravillas. La vida y la gente nunca dejan de sorprenderte. Hay quien lo hace para demostrar que es mucho más de lo que podías haber imaginado en el más optimista de los escenarios, y hay quien te sorprende para decepcionarte de nuevo, o por primera, o por última vez. Hay quien consigue ambas cosas simultaniamente, y eso sí es un caso digno de estudio. A veces uno se sorprende a sí mismo, para bien o para mal. Y eso trae un montón de trabajo.

Ya han pasado las lluvias de estrellas (y cayeron detrás de nubarrones de tormenta mientras mirábamos por la ventana, en el remanso de paz que puede llegar a ser el sofá del comedor) y, viendo como está el cielo encapotado, me tienta empezar a pensar que casi se ha escapado el verano. Solo la luz que se filtra por la ventana cuando suena el despertador y que nos acompaña, a Imperator y a mí, mientras desayunamos y nos arrancamos las legañas a fuerza de café me recuerda que aún quedan días antes de que venga el frío, y dejar en casa a Imperator y a los gatetes, con un “vuélvete a la cama” y una lista de deseos para comer me hace sentir que tengo tiempo. Que al fin y al cabo siempre puedes tener la mayor parte de las cosas que te ofrece el verano (salvo, tal vez, los baños de sol, el mundial y un escenario de peli de serie B) y, lo mejor de todo, en mi casa un día de cada día puede ser fiesta mayor.

Qué malos son los nervios

30 julio 2010

No creo que sorprenda a nadie si os cuento que soy de tendencia nerviosa. Cuando estoy bien hago cosas que me gustan y que requieren de toda mi atención consigo centrarme, y eso me calma. Pero hay algunas cosas que me ponen de los nervios; una de ellas (tal vez la que más) es la incertidumbre. Odio no tener control sobre las cosas, no entenderlas y no depender de mí misma. Y si la situación de incertidumbre es, además, sostenida, peor que peor.

Hay gente que cuando lo pasa mal se cabrea, se enfada. A mí me da por ponerme muy triste.

Hoy se ha resulto una situación de incertidumbre que me ha tenido más de un mes en tensión; parece que, de momento, no nos mudamos. En el trabajo había salido la opción de mudarse a Madrid en unas condiciones de lo más apañadas (unas compensaciones económicas que, básicamente, hubieran supuesto que mi sueldo se doblara), y yo presenté mi candidatura, como en tantas ocasiones anteriores. Solo que esta vez me llamaron, y seguí todo el proceso. Hoy, después de perseguir a la gente del departamento de recursos humanos, me han comunicado que no soy una de las que se van a ir en setiembre, pero que sigo en el proceso para más adelante. Pero de momento se terminó. Ahora me voy de vacaciones.

Y son unas vacaciones merecidas, que también han tenido mucho de incertidumbre, pero que se presentan como un oasis de paz y tranquilidad, un bálsamo para tanta contractura mental. Qué bien me harán el sol, los masajes, las tapas y unas risas.

Qué malos son los nervios, de verdad.


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